Holanda estudia administrar la eutanasia a cualquier ciudadano que lo pida y argumente que está cansado de vivir o que se han agotado sus aspiraciones vitales. Hasta ahora, los holandeses podían acceder al suicidio asistido sólo en casos de enfermedad incurable.

No sé qué escribir. Cuando se trata de la llamada eutanasia compasiva, la que se aplica a los pacientes desahuciados, el impulso primero es ponernos en la piel del enfermo. Imaginamos a nuestra madre o a nuestro hijo retorciéndose de dolor de por vida, diluyéndose ante nuestros ojos, y la ensalada de venenos que la ley le ofrece se nos antoja un chute de misericordia en vena.

No digo que esté bien. Digo que creo que es eso lo que se nos pasa por la cabeza. Lo que se propone ahora en Holanda es un salto de gigante de consecuencias imprecisas y preocupantes. Cualquier holandés que esté honda y prolongadamente triste podría pedir la muerte. Cualquiera que se vea falto de metas podría elegir la oscuridad definitiva como remedio.

La única condición que le pondrá el Estado es que dos orientadores charlen con el individuo y atestigüen que su deseo es genuino. Imagino que tales ciudadanos no serán ni psicólogos ni psiquiatras, pues un principio básico de ambas ciencias es que el instinto de conservación es el más potente de cuantos colorean la naturaleza; y que naufraga la estabilidad mental de quien atenta contra ese instinto.

Yo no creo que sea el momento de que los creyentes saquemos la artillería pesada por este tema. Que no estamos de acuerdo con esa manera de suplantar a Dios es algo que todos saben. Nuestra voz debería ser en este momento más constructiva, opino.

De nosotros deberían partir las preguntas que inviten a todos a cuestionarse hacia dónde vamos si en el camino nos encontramos con que la muerte voluntariamente buscada es una salida, una solución. Qué mundo estamos construyendo cuando un adulto llega a la conclusión de que está aburrido de la vida o de que ya no hay horizontes por los que luchar. Sin demagogia. Esto no es normal. Lo normal es vivir, luchar por la vida. Opositar a la tumba no es humano. Hacer cola para habitar en el olvido no es propio de hombres.

¿Qué pasa con los tristes? ¿Qué les ocurre a quienes están radicalmente solos? ¿Qué ofrecemos a quienes han enfermado de tristeza y soledad? Es más fácil arrasar que sanear. Por eso es más sencillo legalizar la oscuridad que buscar caminos para abrir las ventanas a la luz. Se reviste de respeto a la libertad y de modernidad, pero yo creo que esconde grandes dosis de egoísmo: una sociedad que elige matar en lugar de resucitar no lo hace por respetar la decisión de sus ciudadanos, sino por quitarse de encima un problema. Sin preguntarse qué somos y qué es vivir.

Defender la vida es ofrecer un testimonio sólido de apuesta por todo lo verdaderamente humano: también el dolor y el hastío lo son. Y precisan de respuestas, no de inyecciones.

Por Carmelo Pérez.

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