La infame política del hijo único en China -quizá el más gigantesco intento de tiránica ingeniería social que menos indignación ha despertado entre los bienpensantes de Occidente- ha dado un resultado desastroso.

No solo hace inmensamente probable que China envejezca antes de enriquecerse -es decir, antes de que su fenomenal desarrollo económico se asiente y llegue a todas las capas de la sociedad-, sino que, dada la tradicional preferencia por el varón, ha dado como resultado un peligroso desequilibrio sexual, con millones de varones más que de hembras alcanzando la mayoría de edad.

Por eso no es raro que, no mucho después de abolir tan demencial medida introducida por Mao, hayan pasado al extremo contrario, aplicando medidas para animar a las parejas a tener un segundo hijo.

Es la demografía, estúpido. Los hijos que se tengan hoy son los adultos que habrá mañana, y de que sean demasiado pocos o que los sexos no guarden la debida proporción va a depender el futuro. O el presente, porque buena parte de nuestros problemas, desde la inmigración masiva procedente del Tercer Mundo hasta la crisis del Estado de Bienestar, responden a los hijos que no tuvimos.

China renunció a la política del hijo único, implantada en 1978, en noviembre del año pasado y entró en vigor a principios de 2016, aunque no para ‘liberalizar’ la reproducción sino para permitir meramente un segundo vástago. Muchos esperaban un auge drástico de los nacimientos, pero no parece haber sido el caso, para desconcierto de los altos funcionarios chinos.

De hecho, ni siquiera el decreto estatal explica por sí solo el declive demográfico chino. Aunque la línea oficial es que la medida desempeñó un papel esencial para controlar el exceso de población y estimular la renta per cápita, evitando así que “millones nacieran en la pobreza”, lo cierto es que cuando se introdujo, la tasa de fertilidad estaba ya cayendo en picado. La medida, pues, además de enormemente impopular, era completamente innecesaria.

De ahí que la abolición de la medida haya venido acompañada por la previsión de incentivos para que llegue ese segundo hijo, según anunció el primer ministro Li Keqiang en su día, y el asunto se ha tratado en el Congreso Popular Nacional del pasado mes de marzo.

El vicepresidente del Congreso proponía ofrecer a las madres con dos hijos una renta básica equivalente al 70%-80% de la renta media de la región del país donde viva. Por su parte, en ministro de Finanzas, Lou Jiwei, ha declarado la intención del Gobierno de introducir incentivos fiscales que favorezcan a las familias con dos hijos.

Es poco probable que estos incentivos sirvan para mucho. No es, por supuesto, que el coste de tener hijos no sea un importante factor disuasorio, sino que este coste es normalmente mucho más alto que el que cualquier país puede permitirse cubrir con el presupuesto público sin entrar en una grave crisis económica, como sabe cualquier padre de familia.

La prueba de esto está al otro lado del mar, en el vecino Japón, uno de los países con mayor renta per cápita, sin impedimento alguno para tener los hijos que cada cual desee y, sin embargo, con la población más envejecida del planeta.

Los mayores de 65, cuyo número se ha duplicado en solo 30 años, representan ya una cuarta parte de la población, y van rápidamente camino de ser el 40%. De estos, una importante proporción -11%- viven solos, con lo que se ha incorporado al lenguaje habitual una nueva palabra, ‘kodokushi’, que significa morir solo sin que nadie lo advierta durante días.

Curiosamente, el país más necesitado de población joven es también la nación de la OCDE que más se resiste a la solución que ha aplicado mayoritariamente Europa: la inmigración masiva. Emigrar a Japón sigue siendo muy difícil, y naturalizarse japonés prácticamente imposible. El país ha optado por mantenerse como una sociedad cohesionada y homogénea, recurriendo a la robótica para paliar la escasez de mano de obra.

Aunque no hace falta irse tan lejos: nuestro país tiene una de las tasas de fertilidad más bajas de la Unión Europea, con una media de 1,27 hijos por mujer -la tasa de sustitución, para que la población se mantenga constante, es de 2,1-, frente a los 1,55 de la UE. La población española lleva reduciéndose desde 2012.

El modelo de vida de las sociedades avanzadas elimina los incentivos habituales para tener hijos. La necesidad de que ambos en la pareja trabajen para satisfacer los hábitos de compra a que nos ha habituado la sociedad de consumo convierte cada hijo en una fuente de costes inasumible en muchos casos, por no hablar de sus necesidad de atención y tiempo.

Por lo demás, el difícil entorno laboral obliga a alargar los años dedicados a formación, con el consiguiente retraso de la formación de familia y la reducción del plazo de fertilidad. De hecho, el nivel educativo de la mujer es el primer factor en la caída demográfica de cualquier sociedad.

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