Las pruebas científicas no respaldan la visión de que la orientación sexual es una propiedad innata y biológicamente fija del ser humano (la idea de que los individuos “nacen así”). Esta es la primera de las conclusiones que exponen en su resumen ejecutivo los Dres. Lawrence S. Mayer y Paul R. McHug, en el extenso y documentado informe titulado “Sexualidad y género. Conclusiones de la Biología, la Psicología y las Ciencias Sociales” publicado en el último número de la revista de tecnología y sociedad The New Atlantis [1]. Lo puede leer aquí en español.

Para quienes no lo sepan o no lo recuerden, siempre vienen bien unas pinceladas básicas de Biología en relación con el determinismo genético y la diferenciación sexual en el hombre. El sexo está determinado genéticamente ya desde la fecundación merced a la existencia de un par de cromosomas de los 23 de que está dotado nuestro genoma, el par sexual, XX en la mujer y XY en el varón. Los restantes 22 pares son comunes a ambos sexos y se denominan autosomas.

La dotación normal sería por tanto, mujer: 22” autosomas + XX y varón 22” autosomas + XY. De este modo, el sexo queda genéticamente determinado tras la fertilización de un óvulo por un espermatozoide al constituirse el cigoto, que es la primera realidad corporal del ser humano. La dotación de un gameto es de 23 cromosomas, por lo que tras la fusión de un óvulo con un espermatozoide pasará a haber 46. Al segregar el par sexual en la gametogénesis del varón, el 50% de los espermatozoides llevarán el X y el otro 50%. Dado que la mujer es homogamética, -sus óvulos solo llevan el cromosoma X junto a 22’ autosomas-, queda equilibrado el sexo, 50% descendientes mujeres y 50% descendientes varones.

Todo lo que ocurre después, desde la concepción a la anidación y desde la gastrulación en adelante es de un extraordinario dinamismo y sucede sin solución de continuidad. Son los genes localizados en los cromosomas y reunidos en el cigoto los que irán expresándose conforme avance el desarrollo, en función de su requerimiento para determinar la aparición de cada estructura y de cada órgano.

Una gran parte de nuestros genes, unos 21.000 según sabemos tras la terminación del Proyecto Genoma Humano, permanecerán en silencio hasta el momento del desarrollo y el lugar del organismo en que corresponda expresarse. El desarrollo embrionario y fetal de un ser humano, y tras el nacimiento, requiere tanto de la información de los genes como de un ambiente que le proporcione las mejores condiciones, para el delicado proceso de formación de los distintos órganos.

Los fallos genéticos (mutaciones) o alteraciones fisiológicas (hormonales) podrían conducir a una alteración en el normal desarrollo sexual de una persona, por lo que vamos a profundizar en estos dos elementos.En primer lugar, es fundamental el papel de los genes. El embrión (desde la fecundación hasta el final de la séptima semana) y el feto (a partir de la octava semana) son las fases sucesivas del desarrollo de un ser humano, que crece y se va formando tras la anidación en el claustro materno de acuerdo con las instrucciones genéticas reunidas en el momento de la concepción.

En lo que respecta al sexo, el fenotipo sexual es el resultado del desarrollo gonadal (ovarios o testículos), que tendrá lugar a partir de la 7ª semana del desarrollo bajo el dictado (expresión) de unos genes. Hasta ese momento, en el ser humano lo que hay es el esbozo de una gónada primitiva potencialmente bisexual, que si no recibe un estímulo genético seguirá su camino hacia el lado femenino. Esto quiere decir que las gónadas humanas son por defecto femeninas.

Lo que decantará la formación del aparato genital como de varón o mujer, será la actividad de un gen, llamado SRY que está en el cromosoma Y, y por tanto solo en los varones. Cuando se activa este gen (7ª semana) la gónada sigue hacia el lado masculino. En su defecto, sigue hacia el lado femenino. Cuando están presentes los genes SRY y DAX1, SRY predomina y la gónada primitiva toma el camino testicular. Por ello, al gen SRY se le llama “conmutador de sexo”.

Pero naturalmente la cosa no es tan simple, y a continuación se produce una cascada de expresiones de más y más genes, que irán interviniendo de forma ordenada para completar la formación de las gónadas del sexo que corresponda, así como, más adelante, los órganos genitales externos.

De entre los múltiples genes que van apareciendo en el concierto sinfónico del desarrollo sexual uno inmediato es el SOX9, que bajo el estímulo de SRY promueve la disminución de la expresión de DAX1, cerrando el camino hacia el desarrollo ovárico. El desarrollo embrionario funciona realmente como una sinfonía.

El sexo está escrito en una partitura, y las notas, que son los genes, una tras otra deciden de qué modo debe interpretarse la partitura. Cada gen que se activa dará paso a la activación o silenciamiento de otro u otros que siguen después. Así, a los genes indicados siguen LIM1, LHX9 y EMX2, importantes para el desarrollo del mesodermo nefrítico, WT1 y SF1, que participarán en el desarrollo de los conductos de Wolf (gónada masculina) o de Muller (femenina), a su vez estimulan la expresión de otros genes (WNT4, AR, MISR, DMRT1, GATA4, etc…).

De este modo, poco a poco, de forma regulada y armónica se irá completando la formación de los órganos genitales con todos los elementos diferenciales necesarios, masculinos o femeninos, para la función de contribuir a la reproducción. Una reproducción que requiere de forma complementaria la existencia de dos sexos.

El segundo factor que podría alterar el normal desarrollo sexual es de carácter fisiológico. Se ha propuesto la hipótesis de la influencia hormonal prenatal durante el desarrollo como determinante de una predisposición a una determinada orientación sexual. Realmente, las hormonas empiezan a tomar relevancia tras la acción de los genes que determinan la formación de los órganos genitales. Una vez diferenciados los testículos u ovarios producen hormonas específicas que determinan el desarrollo de los genitales externos.

La testosterona, segregada por los testículos, contribuye al desarrollo de los genitales externos masculinos y afecta al desarrollo neurológico en los varones, y al igual que ocurría con el gen SRY, la ausencia de testosterona en las mujeres permite que se desarrolle el patrón femenino de los genitales externos. Si bien es cierto que los desequilibrios en la testosterona o los estrógenos y otras hormonas, así como su presencia o ausencia en periodos específicos críticos para la gestación, puede provocar trastornos de desarrollo sexual, son raros los casos de modificación del patrón de desarrollo de la masculinidad o femineidad por esta causa.

Se consideran alteraciones de este tipo la “hiperplasia suprarrenal congénita” (HSC) que, en mujeres, puede derivar en una virilización genital, así como los trastornos de desarrollo sexual en varones genéticos (es decir, con cromosomas XY) afectados por insensibilidad a los andrógenos.

De acuerdo con Peggy T. Cohen-Kettenis, profesora de desarrollo y psicopatología de género, “el grado de masculinización genital externa en el momento del nacimiento no parece estar relacionada sistemáticamente con los cambios de identidad de género”, y “entre un 39% y un 64% de los individuos varones con estas disfunciones, criados como niñas, deciden pasar a vivir como hombres en la adolescencia y en los inicios de la edad adulta” [2].

En resumen, la conclusión que sacan los Dres. Mayer y McHugh es que las condiciones hormonales que intervienen en trastornos de desarrollo sexual pueden contribuir al desarrollo de una orientación no heterosexual en algunos individuos, pero eso no demuestra que dichos factores expliquen el desarrollo de una atracción, deseo o conducta sexual concreta en la mayoría de los casos.

Esto es lo básico que hay que saber, como por supuesto hay que conocer también que puede haber errores debidos a mutaciones génicas o modificaciones numéricas o estructurales cromosómicas o deficiencias hormonales que determinen un desarrollo sexual alterado. Pero esto entra dentro de la casuística de las patologías genéticas en relación con el sexo, que pueden consultarse en cualquier manual de Genética Humana y, salvo en estos casos, no es lo que determina la “orientación sexual”.

No es a este tipo de síndromes o patologías a lo que se refieren los que idealizan el sexo como algo no biológico, -las corrientes de “ideología de género”-, que señalan que las diferencias entre hombres y mujeres responden a una estructura cultural, social y psicológica. En otras palabras, que el sexo biológico es una invención cultural. No, no es así, es justo lo contrario. El sexo está determinado genéticamente y el “género” es una invención cultural sin base científica alguna.

Nuestra identidad genética es la misma desde que se constituyó aquel cigoto del que provenimos y seguirá siéndolo hasta que muramos, y aun después de muertos seguirán existiendo en nuestros restos las mismas secuencias de ADN de nuestros genes, como lo prueba la aplicación de las pruebas de ADN para identificar la identidad de las muestras biológicas. No cabe decir que se nace gay o lesbiana o transexual por culpa de los genes…

Si se considera que cualquiera de estas formas de vivir es una “opción”, algo que se elige, manténgase esta idea y no traten de engañarse a sí mismos o a otros diciendo que se nace así. En el informe que estamos comentando se cita el caso de una estrella popular de la televisión en EEUU, Cynthia Nixon, estrella de la serie Sex and the City, quien, en una entrevista en enero de 2012 para New York Times, decía: “Para mí es una opción, y nadie tiene derecho a definir por mí qué tan gay soy… ¿Por qué no puede ser una elección? ¿Por qué es eso menos legítimo?” [3].

Lo que parece evidente es que de una opción, de un deseo cabe un cambio de pensamiento, como ocurre en el 80% de los casos de homosexualidad según el informe citado. Sin embargo, de lo que dicten los genes, no cabe el cambio… Salvo cuando el deseo de cambiar de rol sexual es tan fuerte que conduce a los tratamientos hormonales y cirugía, lo que ya es “transexualismo”, un proceso que una vez iniciado será irreversible.

Al margen de que estemos de acuerdo con no discriminar ni estigmatizar a ninguna persona por su orientación sexual, es un grave error propagar la homosexualidad y el transexualismo y establecer leyes que más parecen guías que estimular la extensión de un pretendido “paraíso sexual” que para proteger a las personas que tienen esas tendencias.

Proteger a cualquier persona de la estigmatización por su orientación o identidad sexual está bien, pero negar el sexo como fenómeno biológico y por tanto natural y tratar de convencer de que esas opciones son saludables hasta el grado de introducirlo en los textos escolares para educar en ese mundo es un grave error.

Y si no, ténganse en cuenta los siguientes datos incluidos en el informe: los miembros de la población no heterosexual tienen 1,5 veces más riesgo de trastornos de ansiedad que los miembros de la población heterosexual, así como aproximadamente el doble de riesgo de depresión, 1,5 veces más riesgo de abuso de sustancias y casi 2,5 veces más riesgo de suicidio; en el colectivo transexual, la tasa de intentos de suicidio a lo largo de la vida y para todas las edades se dispara hasta un 41%, mientras que no llega al 5% en la población general de los EEUU.

El informe concluye también que aunque son escasos los estudios científicos que avalan el valor terapéutico de los tratamientos para retrasar la pubertad o modificar las características sexuales secundarias en adolescentes, no existen pruebas de que a todos los niños con pensamientos o conductas de género atípicas haya que animarlos a convertirse en transexuales. Por eso, los Dres. Mayer y McHugh concluyen que “la mayoría de los niños que se identifican con el género opuesto a su sexo biológico no continuará haciéndolo ni durante su adolescencia ni en edad adulta. Hay una falta de estudios fiables sobre los efectos a largo plazo de estas intervenciones. Instamos enérgicamente a la precaución en este sentido

[1] Mayer, L.S., McHugh, P.R. (2016). “Sexualidad y género. Conclusiones de la Biología, la Psicología y las Ciencias Sociales”. The New Atlantis, 50 (Otoño 2016)

[2] Peggy T. Cohen-Kettenis, “Gender Change in 46,XY Persons with 5α-Reductase-2 Deficiency and 17β-Hydroxysteroid Dehydrogenase-3 Deficiency,” Archives of Sexual Behavior 34, no. 4 (2005): 399–410.

[3] Alex Witchel, “Life After ‘Sex,’” The New York Times Magazine, January 19, 2012,

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