Soy médico dedicado a la medicina materno fetal, subespecialidad de la ginecología, cuyo objetivo es diagnosticar y tratar pacientes con embarazos de alto riesgo, y, por lo tanto, el área del conocimiento desde donde se puede evaluar con perspectiva científica las dos primeras causales del proyecto de ley sobre aborto.

En el caso de madres en riesgo vital, es un hecho que no hay motivos de salud pública, ni argumentos científicos para legislar a favor de esta iniciativa legal. La evidencia científica disponible es incuestionable, las cifras de mortalidad materna son bajas en nuestro país, lo que se explica, en parte, por el manejo según protocolos clínicos estrictos cuando existe riesgo vital materno. Si una mujer muere en Chile durante su embarazo, es por la gravedad de sus patologías y no por la inacción médica.

En el caso de fetos con malformaciones incompatibles con la vida extrauterina, el proyecto falla profundamente en la manera de abordar el problema. Para hacer un buen diagnóstico, se necesita un expertise específica. Actualmente, la gran mayoría de las ecografías son realizadas por ginecólogos generales, que tienen como formación los tres meses de ecografía de su beca. Esto explica por qué un 70% de los diagnósticos hechos por estos médicos está errado, o la pesquisa de malformaciones cardiacas de manera prenatal solo se empina levemente sobre el 20%. Si a la paciente se le permitiera interrumpir el embarazo, porque su hijo tiene una malformación letal, lo mínimo exigible es que el diagnóstico sea de certeza, algo que dista mucho de la realidad nacional.

Este proyecto, además, abre una serie de interrogantes que harán más complejo el manejo de estas pacientes: ¿Cómo se van a manejar médicamente los fetos que nazcan vivos? o ¿cómo se manejará el mayor riesgo obstétrico que conlleva la interrupción del embarazo de manera prematura?

Una mujer embarazada que lleva en su seno un hijo con una malformación letal describe la vivencia como desgarradora, de dolor profundo, como si una parte de ella dejara de existir. Y la razón es que está enfermo, no tiene curación; no es un feto, no es un acumulo de células, es su hijo. Quienes hemos estado dedicados al cuidado directo de estas madres, y que las vemos diariamente, sabemos que solo podemos empatizar y acompañarlas. Aquellos que piensan que la solución es la posibilidad de interrumpir su embarazo, no han entendido la dimensión del problema, probablemente porque no han interactuado con ellas, o actúan pensando en su ideología y no en lo mejor para la paciente. La experiencia de varios años de trabajo profesional me ha permitido constatar que no hay atajos para el sufrimiento y el aborto no lo disminuye, ni alivia. Éste solo se curará con el tiempo. Sin embargo, el no haber acompañado a ese hijo hasta el final, es un dolor que durará para siempre.

Estas pacientes nos claman algo que les debemos en justicia: certezas diagnósticas, personas capacitadas, que les expliquen adecuadamente lo que ocurre, pero no solo desde un punto vista técnico, sino que principalmente humano, y además contar con infraestructura que permita un acompañamiento adecuado y que cubra todas sus necesidades. Sin esto, el proyecto es a todas luces inviable.

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