Hace pocos días la Corte Suprema de Justicia de la Nación (CSJN) emitió un fallo en el que confirmó una sentencia del máximo tribunal de la Provincia de Chubut que había hecho lugar a una petición de aborto efectuada por la madre de una adolescente, supuestamente violada.

Se trata de un fallo que denota una alarmante pobreza argumental y que desconoce el valor intrínseco de la vida humana, apartándose por completo de postulados que no debieran hoy ser discutidos, habida cuenta del avance de la ciencia en esta materia. Dichos postulados son: la vida humana comienza con la concepción; la concepción se produce en el instante mismo en que el espermatozoide fecunda al óvulo; desde ese mismo instante existe una persona humana -legalmente un niño- cuya vida debe estar y está tutelada por el ordenamiento jurídico, tanto de raigambre constitucional como a nivel legal; esa vida es independiente de la vida de la madre que la lleva en su seno e indisponible para todos.

El derecho a la vida no es una cuestión propia del derecho positivo. No está al alcance de legisladores ni de jueces. La vida humana no es una concesión graciosa que brinda el Estado. Es, para los creyentes, un don de Dios, y para creyentes y no creyentes el derecho humano por excelencia. Por lo tanto, nadie puede arrogarse el derecho de legislar ni fallar concediendo o negando la vida. Sólo a partir de una ideología concreta, que llamamos ‘cultura de la muerte”, es posible sostener lo contrario. Adviértase al respecto la contradicción absurda de quienes son partidarios del aborto y, a la vez, férreos cuestionadores de la pena de muerte. Es decir, sostienen el valor absoluto de la vida humana de los delincuentes más aberrantes y lo relativizan hasta su desaparición cuando se trata de la vida del ser humano más inocente e indefenso.

En el caso que analizamos, la Corte llega al absurdo de indicar que basta que una mujer que dice estar embarazada como consecuencia de una violación presente una simple declaración jurada para solicitar se le practique un aborto, sin necesidad de efectuar la denuncia como víctima de dicho delito, ni presentar prueba alguna al respecto. Como cualquier persona entiende fácilmente, se trata de abrir la puerta a la práctica indiscriminada del crimen del aborto.

Por mi parte, sigo haciendo votos para que respetemos y promovamos la cultura de la vida; de la vida de todo ser humano en cualquier etapa de su gestación. De la vida de los no nacidos, de la vida de los que sufren anencefalia, de la vida de los que padecen discapacidades.

Todos somos personas, iguales en dignidad. Hago votos también para que sepamos encontrar los mecanismos afectivos, psicológicos y económicos para contener y apoyar a la mujer que no desea tener el hijo que crece en sus entrañas, haya sido violada o no. Para que le brindemos un marco de fraterna y caritativa acogida para que lleve a término su embarazo y, si no desea conservar a su hijo, haga uso de esa maravillosa institución de amor que es la adopción. Hago votos para que de una vez por todas enfrentemos con coraje y decisión a la cultura de la muerte, que es la ideología del egoísmo y del hedonismo, que pretende que, como dioses, dispongamos de la vida ajena y que, dicho sea de paso, es un pingüe negocio.

El maestro Pablo A. Ramella decía que ‘el aborto es la manera más cobarde e infame de cometer el delito de genocidio”. Los niños eliminados en el seno materno son los ‘desaparecidos” de los que no se quiere hablar. La conciencia sigue siendo el juez más implacable. Lamento mucho este fallo y lamento mucho esta Corte que no me representa, ni como abogado, ni como argentino, ni como persona.

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